Perseguido el hongo, ha permanecido oculto. Ha desaparecido del jardín. Tú lo buscas y no está. Cuando pasas a su lado, no lo ves. En la pradera anegada por la lluvia no está. En el bosque de cantos herméticos no está. Cuando no lo buscas aparece. Entonces, si lo necesitas y no lo hallas, estos pequeños te llaman entre la hierba.
...Tú tomas el hongo. Dorado y plateado. El sombrero sagrado. Radiado y radiante. Carne solar. Lo tocas. Lo hueles. Lo comes. Masticas. El hongo amargo. Que sabe a tierra. Que huele a tierra. El hongo-tierra que nace del rayo. El hongo-rayo. El hongo que aparece y desaparece como el hombre y el mundo. Tú comes la tierra (entera) contenida en el hongo. Comes lo que está encima de la tierra y comes el inframundo. Comes el cielo y el infierno que son carne del hongo. Comes la medida de la purificación. Pero no sabes qué comes. No sabes qué bebes. Como el incierto esperas, sin saber lo que vendrá. Tú tomas el hongo. Lo miras. Lo palpas. Lo hueles. Lo muerdes. Masticas el hongo amargo que sabe a tierra, que huele tierra, masticas la tierra, el hongo-tierra que nace del rayo, tú masticas el rayo.
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Tú bebes el hongo, lo inhalas, lo sorbes, lo respiras, lo vuelves esencia de ti, jugo de ti, carne de ti, sangre de ti, lo haces tu sueño y tu existencia, lentamente.
Y el hongo te bebe, te inhala, te sorbe, te respira, te vuelve su esencia, su jugo, su carne, su sangre, su existencia. ¿Es el hongo un animal? ¿La seta : un mensajero? ¿Un ser que brota de un mundo secreto y paralelo te circula?
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El desplazamiento de la tierra se reinicia. Todo se mueve y es. No estás preparado. Todo te rodea y acuna como si fueras un nene. El peligro te prodiga sus cuidados. La avara prudencia te fustiga. Eres sacudido por la marea. Te mareas. Tu fuerza se fuga a borbotones de tu cuerpo. Todo de pronto es tóxico. El mundo es tóxico, imprudente. El aire y la sangre, tóxicos. La sangre arrastra piedras en su caída. Nuestros pensamientos son tóxicos. La gran arquitectura de tu pensamiento sobre la realidad, celosamente erigida, se viene abajo con estruendo. No sabes nada. No puedes evitar nada. El inframundo te bebe, te inhala, te sorbe, te respira, te vuelve su esencia, su jugo, su sangre, en un sueño. La muerte te mastica. El reino de las sombras te digiere. Eres su sustancia alucinatoria. Estás atado al poste de tu fin. Tú tienes qué luchar. Debes morir hasta vaciarte de tu muerte.
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Pregunté a alguien : ¿moriremos?. Respondió : puede que ya estemos muertos. Pensé, es cierto que los muertos pueden hablar. Podía ver el cielo grave y pesado sobre nuestras cabezas. Caminé con pies de plomo, pues tenía por piernas un par de montañas a las que difícilmente podía mover. La tierra entera se adhería a mis muslos y a mis piernas.
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¿Sabes cuánto pesa un muerto? Para morir olvido el habla, mueren primero las palabras. De pronto sabes mucho sobre la pesadez. Pesas, como un muerto, como una barranca, como el mundo. Tu cuerpo está tumbado, inmóvil, bajo el grave cielo, aplastado por una anómala fuerza de gravedad. La temperatura baja y sube sin control. El clima es interno. Debemos morir para inhalar la mañana del renacer, vaciar el odre viejo para llenarlo del vino nuevo. Sabernos pensamiento de no ser la tierra sin conciencia. Experimentar la certeza de ser muertos que no hemos querido aprender a vivir, muertos sin palabra, sin palabras. O la percepción de ser la tierra que muere y vive sin pausa. Es el espíritu el que fija los límites.
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Voluntariamente te secas, te vacías del vino que mata. Miras el envés de la vida y ves la muerte en tu cuerpo seco, hueco, desde donde la energía inicia una prolongada huida.
¿Dónde vas fugaz criatura? Quédate a contemplar tu cuerpo seco, tus ramas secas, y ya que solo puede amar bien al mundo quien ha salido de él, esfuérzate aún para beber el jugo de la inmortalidad que tu seco cuerpo necesita. La fuerza que tus propios pensamientos impiden florecer.
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Somos un cuerpo hilado por la luz, que el olvido y el mal amor destejen. En el laberinto se nos pierden los hilos de Ariadna. Morir es abandonar los hilos, no renunciar a nuestra resistencia de siglos a la vida, no permitir que sus jugos fluyan en nosotros libremente, no elegir entre la muerte y la vida que nos colman, no separar en nosotros la vida de la muerte, ya que ambas se disputan nuestro rostro.
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Cuando morimos el eje del universo cede. El cielo se cierra sobre el desfallecido como una lápida. Las plantas se marchitan. Con angustia inhalamos el menor aire posible. La energía se va de tus manos que permanecen abiertas como ramas secas. Estás atado a los potros de la alucinación que galopan hacia los puntos cardinales. La energía se ausenta de tu cuerpo, reseco como un tronco, como arcilla del desierto. El color de la fruta se pudre.
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Se trata de saber morir y renacer, aquí, ahora. Es imperativo entonces recobrarse, religarse al mar de hilos solares. Cierras los ojos y reposas. La fuerza te toma lentamente. Ola tras ola colma tu cuerpo. La fuerza te lava de la muerte. La eternidad comienza a las doce. El reloj no corre. Todos los muertos del mundo mueren en tu cuerpo. Todas las batallas se libran en tu cuerpo. Todas las resurrecciones reconfortan tu cuerpo. La transmisión de la vida es el único y verdadero amor. La eternidad comienza a las doce. El tiempo no corre. Un sacerdote maya o egipcio, un chamán siberiano o el guerrero que aún no ha pisado la tierra del tiempo están a tu lado. Sostienen la armazón de tu sueño.
Tembloroso por el sismo sagrado, extenuado tu cuerpo, exhausta tu alma, vuelves a ver en la superficie de la fruta el color inmortal.
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Atravesamos con o sin miedo la muerte para mirar su envés. Al otro lado de la muerte, la vida. La muerte es un no-lugar atravesado por la vida en todas direcciones. Desde el otro lado de la vida, la muerte es un chamán que no pisa la tierra del tiempo, su presencia es armadura. Para que tu cuerpo no desfallezca sostiene tu sueño. Son las doce. El tiempo no corre. Naces fuera del tiempo. Es difícil nacer en un lugar sin tiempo. Alguien fuera del tiempo se sumerge a esta hora en la existencia.
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El cielo te mira, te toma, te palpa, te huele, te muerde y remuerde, eres el pasto del cielo. El engullido por el cielo. El amado por las risueñas sombras del esplendor. Eres el amado de la hierba, el risueño, la sombra de la hierba y el esplendor. El sol hormiguea en el cuerpo. El ser se despliega desde adentro. Ardemos de electricidad. Es más fuerte la presencia de las formas. La tierra nos reconoce, nos sabe suyos, sus muy antiguos amantes, los hijos que volverán a su vientre.
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Un gigante es centinela, de pie ante la edad de la tierra. Este prado sin orillas no está en el tiempo, el tiempo no corre en el prado, este bosque es ahistórico. Estamos en este lugar desde antes de la prehistoria. La eternidad canta la transformación sin límites. La energía se arremolina en las arterias. Se intensifican los colores gradualmente. Las láminas de oro de la puerta a los cielos están cifradas con caracteres de la primavera. Bullen y se multiplican los jugos de la tierra, en la avasalladora manifestación de la luz. Esta es la fiesta en que más celebramos a la vida. El ser florece por los hongos. La corteza cerebral se abre como una flor. El ser se desenvuelve como una hoja cuyas nervaduras son escritura del misterio. Este es el lugar en que venimos a comprender nuestro camino como humanos. Susurran y cambian las formas del follaje. La voz oceánica del viento viene y va entre las hojas de los árboles. El viento trae las voces de otros tiempos, memoria del mundo invisible. Todavía son las doce. El tiempo no corre. El que habla es el hongo. Recuerda, alma.
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Viajas también hacia los antepasados. Eres la asamblea de ellos. Ellos te constituyen a ti. Se asoman desde todos los lados de tu torre. Esperan el desenlace de tu batalla. Sus rostros se revelan, relevándose en el tuyo. Eres ellos. Y la prolongación de su travesía. Los que vendrán.
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Desde antaño hemos mirado al cielo incontables veces. Lo vemos, de nuevo, por primera vez. Estamos adheridos a él, como la tierra a nosotros, por ligamentos del sol. Los planetas están entretejidos como una hoja. Como a los pájaros y a las flores, el rocío nos gobierna, a través de nuevos sentidos. Golondrinas dirigen el verano. Hemos visto tejidos de senderos en el aire : corrientes-toboganes por donde se deslizan aves de una profecía. Tanto soñar con abrir las puertas del mar. El umbral es un cielo que se cierra y se abre. Seres van y vienen entre los mundos. Nuestros ojos no están preparados para mirarlos. Están ahí, posados en el vacío, objetos del amor sagrado, inevitable. Esperan por nosotros.
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No estamos solos. Mas no estamos en el exterior de los otros. Ellos no habitan fuera de nosotros. Todos estamos dentro. Del gran cuerpo cuya sustancia somos. El hombre es cuerpo, la tierra cuerpo, el universo cuerpo, lo visible y lo invisible un único cuerpo. Como adentro es afuera. Hölderlin escribió: “El ritmo es el alma del espíritu. Todo no es más que ritmo : el destino del hombre es un solo ritmo celeste”.
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Recordé esta plegaria griega : “Entra en mi espíritu y en mi pensamiento durante toda mi vida, pues tú eres yo y yo soy tú ; guardo tu nombre en mi corazón como un encantamiento”.
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El pinar se estremece en la embriaguez del mundo. Fluye un riachuelo de sol en el bosque de raíces entremezcladas sobre la tierra negra. Un árbol inmóvil vuelve a su danza alada, autónomo, en estático equilibrio, fuera del tiempo. Mariposas posadas sobre mi cuerpo como sobre un árbol inmóvil, permanecen en estático equilibrio, como el cielo y la tierra, fuera del tiempo.
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Es el juego del alma. La posibilidad remota y lenta. Todo es nuevo, todo vive. Los cabellos son raíces aéreas. Un árbol de pájaros nos mira. La arboleda se transfigura. Las hojas flotan sobre el vaho del sol.
El lago arde en la contemplación del día. El prado verde arde. La vaca con manchas blancas y negras sobre el prado, verde, arde. Arde la cordillera.
Extraemos el jugo de la tierra. El vigor destila en nuestro cuerpo, manando una música que se derrama sobre la hierba del antiguo jardín de fuerzas. Sentados sobre el prado escuchamos la audición legendaria.
Veloces, rojas nubes atraviesan delante de nosotros. Cambiamos de cuerpo sin cesar. El mineral se hace ave. El cielo es líquido. La ola estática va y viene. Adquirimos las formas del mar.
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Al anochecer un ser con alas vigorosas se aparta del bosque, coronado de rocío. Contra la voluntad que anhela la permanencia, el mar regresa lentamente la barca del sueño a la rugosa realidad.
Lavados la sangre y los sentidos, ola tras ola retornan las voces familiares, el sueño se va, dejándonos solos con el mundo.
Escrito por: Anónimo
No es anónimo. Es un texto mío.
ResponderEliminarSaludo.
Fernando Rendón